Me encontré esto en la interné relacionado al tema del último post, aunque mucho mejor escrito, por supuesto.
https://www.the-american-interest.com/2019/07/30/the-neo-paganism-of-jordan-peterson/
Colisión o colusión entre reaccionarios. What a wonderful world we live in, que nos permite optar entre que nuestro sueño consista en ponernos un traje beige de soldado agricultor y retirarnos a vivir con la tribu en una aldea de subsistencia ordenada jerárquicamente bajo el precepto de la obediencia a reglas inmanentes que nos imponen "los mejores"...
O que el traje sea ocre.
miércoles, 31 de julio de 2019
martes, 16 de julio de 2019
De Conservadores y Reaccionarios
Estoy viendo como moneda corriente una confusión habitual en el uso de estos dos términos, que solían tener definiciones bastantes certeras, incluso al ser utilizados como epítetos descalificativos, y me estoy empezando a preguntar por qué.
En una primera hipótesis lo relacioné con el bajísimo grado de cultura general que ostentamos, convenientemente barrido bajo la alfombra del mito de la excelsa educación argentina (que ya no es). Habremos sabido formar profesionales universitarios de excelencia, en algunas ramas de las ciencias, y siempre si aceptamos que estamos teniendo un bias infernal respecto a cómo juzgamos los resultados. Por cada supercientífico descubridor de la fórmula del agua tibia, ¿Cuántos egresados de carreras de ciencias duras hay? ¿Cuántas patentes por cada millón de dólares invertidos en universidades públicas?
Siendo generoso con un pasado aceptable respecto de la formación académica en la Argentina, está claro que el caso hoy dista mucho de estar a la altura de esa herencia. Y es incluso peor el resultado entre los graduados de secundaria, con imposibilidad manifiesta de interpretar un texto bajo parámetros que no impliquen una reacción emotiva, gutural y de ofensa o glorificación de sí mismos, o por otro lado el mero descarte o endiosamiento del texto dependiendo quién sea el emisor del mismo.
¿Entonces está resuelto? ¿Somos brutos, apenas, y por eso nos permitimos estas licencias?
Ya no es apenas tildar de “nazi”, “comunista”, “facho” al que no opina como nosotros. Eso es un vicio de la era de internet. La ley de analogías nazis de Godwin, junto con la ley de controversia de Benford, o la ley y corolarios de Wilcox-McCandlish, eximen de tener que ahondar al respecto. No es privativo nuestro, argento. Los espacios virtuales son un ágora de ciegos, donde la oscuridad que vela la vista del otro respecto de nuestra identidad genera la impunidad de nuestro discurso, y apenas existe un cierto recato narcisista en el “mantener una reputación”. Eso lo sabemos, sufrimos, y SOMOS, en mayor o menor medida, todos los usuarios de estos espacios.
Aun así, dentro de saber entender estas cuestiones, indago un poco más respecto a un tema que me sigue dando vueltas. Usar “nazi”, “comunista” o “fascista” como epíteto es fácil. Salvo los elementos más ridículamente afectos a evitar a fuerza de repetir slogans cualquier intento de sus neuronas por concretar la sinapsis, todo emisor o receptor de ese discurso estará de acuerdo en que la intención fue insultante.
Ok, le dijiste “nazi” a <<User04294NoeMBidIesMiPROgrEso>>. Podrás argumentar mejor o peor por qué, podrás tener tus razones, podrás tener razón. Lo cierto es que está claro que lo descalificaste. Lo afiliaste a una de las ideologías mas destructivas del siglo XX, le adosaste reprimir cualquier intento de libertad de expresión, mataste su capacidad percibida de expresar humanidad y empatía, lo convertiste en un racista, un asesino, un demente fanático.
Ahora bien,
¿Qué pasa cuando le decís “reaccionario” o “conservador”?
¿Qué estás queriendo decir?
¿Lo mismo?
Quizá, plantea mi segunda hipótesis, si utilizás esas expresiones estás un tanto por fuera de la simpleza obligada que consideraba el primer análisis. Es decir, trascendiste el tener la flecha “nazi” en el carcaj de argumentos, cargaste tu ballesta con algo más elaborado. Otorgo, algo bastante más refinado, y que a veces hasta aplica, según veo, al caso en cuestión. Pero no siempre. Y me pregunto, ¿la idea es utilizar palabras complejas como mero sustituto de “nazi”? ¿No es sino otro emisor de epítetos fulminantes, aunque con mejores lecturas? ¿La intención es desprestigiar a quién? ¿Al atacado, a los nazis, a los reaccionarios? ¿A todos? ¿Identificarlos entre sí?
¿O el tema viene por otro lado? Puede que sea que esos términos se definen en forma más laxa porque lo que hay que “conservar” o contra lo que hay que “reaccionar” sea más amplio?
Voy a la explicación, con resumen sucinto (y perfectible) antes.
-.-.-
Luego de las revoluciones liberales (inglesa, americana, francesa), y de sus contrarrevoluciones imperiales, surgen, a mi entender, cuatro grandes corrientes como resultado.
El marco viene a ser el siguiente. El régimen imperial previo a estas revoluciones tenía como factor común la arbitrariedad despótica de los gobernantes, especialmente alrededor de los tres pilares fundamentales: vida, libertad y propiedad.
(Pequeño paréntesis aquí, estoy hablando en promedio. No me corran con la Carta Magna y el common law por favor. A menos que quieran que las cosas se pongan feas, con lo cual espero hayan estudiado.)
Vuelvo. En términos generales, la autoridad política en las potencias europeas mantenía amplias capacidades de afectar el ejercicio de cualquiera de esos pilares. Como autoridad judicial inapelable, como sujeto a la ley pero también emisor y encarnación de la misma, como árbitro de toda transacción, y en algunos extremos como único legítimo poseedor de todo lo asible, que apenas permitía por su graciosa voluntad a los demás el usufructo, incluso de la sombra de los árboles.
Este absolutismo no sólo no era parejo en todo el territorio. Tampoco era ancestral. Destilaba como producto de un proceso de centralización del poder y condensación económica desde un feudalismo donde estas capacidades estaban extremadamente repartidas, lo cual bien reducía la cantidad de individuos al alcance del poder absoluto de un demente, bien multiplicaba exponencialmente la cantidad de gobernantes absolutos sobre porciones más pequeñas de la realidad, resultando extremadamente inestable. La situación de concentración de poder en el continente europeo en el siglo XVII tenía a lo sumo origen (incipiente) unos doscientos años antes, habiendo tenido los mil años anteriores, desde la caída del Imperio Romano, más ejemplos de Barones de la Guerra que de Emperadores.
¿Y qué hacía estable al régimen con el poder más concentrado? Bueno, la arbitrariedad en el uso de la fuerza era en realidad ultima ratio en caso de extrema necesidad. No se decapitaban revoltosos a diario porque no los había, gracias a la otra arbitrariedad: la de la asignación de recursos. A través del otorgamiento de acceso a la nobleza, de permisos de funcionamiento a guildas y asociaciones de artesanos y mercaderes, el poder político del Imperio se aseguraba la asignación de favores para tener siempre de su lado la porción mayor de los estamentos que importaban. Cuando aún así se declaraba una protesta (en general, ante una situación económica adversa), sólo entonces rodaban cabezas. En caso de ser no exitosa la revuelta, las de los revoltosos. En caso de serlo, habitualmente la del rey, emperador o noble local. Y se lo reemplazaba por otro. Habitualmente según una fórmula preestablecida, en general la herencia. La posesión del poder temporal, por tanto, era valga la redundancia temporal, y dependiente del mantenimiento exitoso de la red clientelar. Pero el régimen era estable.
Así, a un emperador malo, o a las dos partes en que se había dividido éste luego de la revuelta, lo sucedía temporalmente algún órgano transicional (consejo de nobles, regente o lo que fuese) y luego un nuevo emperador. Podemos argumentar a favor o en contra si incluso la Revolución Francesa no fue, en realidad, un proceso similar a éste.
En fin, éste es el contexto. Las corrientes que surgieron durante y a partir de los años inestables (1650 a 1815, grosso modo) buscaron inquirir básicamente acerca de las mismas preguntas que ya habían intentado responder antes todos desde Platón a Maquiavelo pasando por quien fuera que supiese escribir. Quién gobierna, por qué, qué es más estable, qué es más justo, qué es justicia, qué se puede hacer, qué no, qué asegura mayor bienestar, qué lo amenaza.
Elijo agrupar las vertientes decimonónicas en cuatro, a partir de ciertas similitudes que tienen entre sí, siendo que los matices que las separan son amplios y que a menudo las fronteras son difusas.
Y en ese sentido, para mi aparecen cuatro “respuestas” a las cuestiones planteadas por las revoluciones liberales.
La primera es la respuesta liberal, cuyo valor cardinal es precisamente la libertad, y comprende que el aseguramiento de la supervivencia y la prosperidad sólo es posible a partir del máximo de individualidad coherente con el orden y el respeto por el otro individuo libre. Para esta corriente, el poder estatal debe estar limitado severamente, dado que es preferible su inacción a su exceso, y su razón de ser es meramente asegurar que ningún individuo pueda contrariar la libertad de otro.
En segundo lugar, una vertiente comunitarista, con herencias (y justificaciones) en un primer momento surgidas de la revitalización de un ahistórico “cristianismo primitivo”. En ella el pilar de la convivencia es la igualdad, y como no puede confiarse en que cada uno elija ser igual a despecho de su posición, el poder estatal está allí para mancomunar una comunidad de dadores y recipientes, obligando a los primeros y repartiendo a los segundos.
(Hay una respuesta anarquista que toma, a mi juicio, elementos de éstas dos anteriores. Decido no tomarla por separado porque cualquier ejercicio mental que hago por llevar a la práctica su ideal siempre termina determinando me lleva como resultado a una situación de negación de libertad, vida y propiedad, sea como resultado del quiebre de la convivencia o de la necesidad de erigir un factótum que la garantice).
Estas dos “respuestas” son las rupturistas. En ambos planteos se observan cosas que no habían sido parte de la racional de existencia de ningún régimen anterior, si bien son quizá herederas filosóficas de los planteos más antiguos, los hechos al pasar de la comunidad familiar tribal a la aldea de naturales de una zona, en las raíces de Occidente. Para encontrar el origen de ambas, la evaluación primigenia de sus alternativas, podemos ir hasta la edad de oro ateniense del siglo V a.C., con sus filósofos críticos o justificantes, o al mito fundacional de Roma, sus siete Reyes y la República consiguiente.
Las dos posturas siguientes son las que se confunden entre si, hoy por hoy, y traen a colación un escrito tan árido como éste.
La palabra “conservador” puede inducir a engaño. ¿Conservar qué, exactamente? La respuesta conservadora a las cuestiones planteadas por las revoluciones liberales tiene expresión histórica en el hecho de que, desde Waterloo en adelante, Europa vivió una restauración monárquica (mas bien imperial) que restituyó el ordenamiento westfaliano, no sólo en lo relativo a las fronteras entre potencias en equilibrio, sino también al equilibrio interno de las mismas. El valor cardinal de éstas respuestas es el orden. La estabilidad del status quo. Cómo y qué ajustar respecto a lo que se rompió de los ordenamientos imperiales para que retornen, y vuelvan a sus habituales ciclos de existencia, sin volver a interrumpirse. No por amor a un Emperador, o a su corona, sino a una serie de valores que se pusieron en entredicho a partir de las revoluciones.
El órden ideal de estos conservadores es uno de élites, con un fluir posible pero muy limitado entre los comunes y los aristócratas, y el obvio destino de éstos, como aristoi (“los mejores”), de dirigir los destinos comunes. No sólo en cuestión de decisiones políticas, o militares, sino también (y muy especialmente) de estilos de vida. El comportamiento de “los mejores”, su formación, sus aptitudes, eran el signo de la salud del cuerpo social en el que estaban inmersos; el declinar de esa conciencia de responsabilidad en la orgía versallesca, el responsable de las turbaciones sufridas. La recuperación de los valores tradicionales, el medio para enmendar los males de su tiempo.
Entonces, conservar, o antes bien rescatar, una forma de vida que se había perdido, como remedio preventivo ante la disrupción del orden, con la reconstrucción de una moral sujetadora del súbdito para evitar su alejamiento de lo que es estable. Y un fuerte brazo para castigar al que se soltase.
Reaccionario, en cambio, lo entiendo referido a algo con diferencias que no son sólo de forma. Las florituras del barroco no se quedaron en los pentagramas, sino que imprimieron en las mentes de una época turbulenta la nostalgia por un pasado que quizá nunca fue como creían recordarlo. El reaccionario adora al junker, al mito artúrico, al highlander, a los paladines de Roland, la aventura de Parsifal y al Cid matamoros. Es romántico de un pasado de gloria bárbara, de las gestas heroicas de titanes inmerecidos por sus herederos, que deben dar combate a la decadencia a través de la reconstrucción del ethos gigante que se negaron a sí mismos por caer en la cómoda debilidad del progreso.
El conservador, por su parte, tiende a mantener la estabilidad del status quo haciéndole a éste las adaptaciones necesarias para su supervivencia. El reaccionario detesta todo lo que sea adaptaciones necesarias, ya que en su destino de gloria sólo existe adaptar los demás a la aceptación de su manifiesta superioridad.
El pasado épico, el jardín del Edén perdido, del reaccionario, posiblemente no haya tenido ocurrencia real en ninguna de sus versiones. Ahora, cuán útil resulta para vender una narrativa de descenso a los infiernos del héroe nacional, necesidad de expiación y futuro de resurgimiento titánico, creo que no hace falta explicarlo. Cuán necesario para este trayecto se aparece el poder encarnar en una persona a este Héroe mítico, desgraciadamente tampoco.
-.-.-
Todo este ejercicio me puso a pensar una cuestión. Es posible que los años que llevamos vividos desde que la-Historia-se-terminó-pero-no-tanto (llevaba una vida queriéndole enrostrar eso a Fukuyama) sean, cuando el tiempo nos regale la posibilidad de ponerlos en perspectiva, un real nuevo proceso de discusión de nuestras respuestas a las Preguntas inmanentes en nuestra forma de organizarnos como comunidad.
Pero también creo que, habiendo en los últimos doscientos años al mismo tiempo erigido múltiples pasados gloriosos, y arruinado las capacidades de análisis realista de nuestras propias posiciones, estamos más bien ante una lucha de reaccionarios que disputan la imposición de sus Mitos de Retorno Deseable.
Con el serio riesgo de regalarle el centro de la escena a la disputa entre fanáticos de una totalidad gloriosa que ha caído en decadencia y debe ser restaurada, para que logre por fin completar su destino de grandeza manifiesta. Y el problema que se me aparece es que lo que estamos poniendo en juego como trofeo para el ganador es una organización social que, con todos los problemas que pueda tener, ha resultado de un proceso de acople y contrabalances entre elementos liberales, comunitaristas y conservadores que, hasta el momento, se ha aparecido como el único relativamente capaz de otorgarnos un marco de convivencia cívica. Y que la razón por la que nuestra organización existente ha logrado que cesemos la guerra civil, es porque nos otorga un presente palpable y certezas futuras, antes que un pasado de referencia. Incluso se forjó como interrupción de ese pasado de matanzas civiles, en parte como respuesta a él, y para intentar evitar su repetición.
Dar por sentada la supervivencia de este marco de coexistencia me parece apresurado. Y peligroso.
Espero logremos evitar el destino horroroso de asistir al Coliseo a ver el espectáculo y terminar con las suelas pegadas a la arena. Dado que cada vez que en el pasado se le regaló el terreno a los fanáticos de la totalidad, sólo un grado de destrucción igualmente total ha permitido la reconstrucción de algo viable, y no sé si estemos a la altura de poder volver a colocar cimientos sobre una renovada capa de lágrimas.
Contra esa perspectiva sí me parece válido reaccionar.
viernes, 3 de mayo de 2019
Víspera
Mañana es otra vez 4 de Mayo. Otra vez sería tu
cumpleaños, pero este es el segundo en que no estarás con nosotros.
Este año tampoco va a estar esa llamada
telefónica, afectuosa y llena de visitas cruzadas que después la vida no nos va
a dejar hacer. Con mil preguntas cruzadas por la actualidad de nuestras
familias, que por suerte nos quedaban atragantadas porque empezábamos a
desvariar, deshaciéndonos en anécdotas triviales sobre lo mejor de la vida. Porque
nos contábamos el discreto encanto de haber hecho elecciones de vida que nos
ponían en situaciones cómicas, enteramente diferentes a las que nos habíamos
propuesto de muy chicos.
E inmensamente superadoras. Eran unos minutos
de hablarnos el uno al otro pero especialmente a nosotros mismos, escuchando
salir de nuestras bocas ideas de gente grande, justo entre nosotros, que nos
conocíamos de muy chicos.
Íbamos a prometernos la cordialidad de repetir
ese ritual fuera de las fechas fortuitas de nacimiento. Cuando tuviéramos
ganas. Y después iban a pasar 5 meses, veinte días. Y el que sonaría sería mi
celular.
“Culiado feliz cumpleaños, cuánto hace que no
te llamo?”
“Un año”
“Ya un año?”
Y nos íbamos a cagar de risa de un chiste completamente
interno que llevaba ya siete años sin mutar una coma.
Como chicos.
Porque te convertiste en el mejor amigo que una
persona jamás podría haber tenido en su vida cuando teníamos apenas dos años. Porque
después las vidas de los que nos rodeaban nos fue alejando y acercando por
etapas, pero nunca, por lejos que estuviéramos, nos separó. Porque era
suficiente volver a hablar con vos, a 1.300 kilómetros de distancia o con una
mesa de por medio, para que el tiempo haya dejado de pasar, y lograr estar
detenido en una eternidad adolescente que me devolvía la juventud, por otros
seis meses.
Estoy escuchando los ecos de tu risa abierta y
franca resonar en mi memoria, y vuelvo a pensar lo que pienso desde que los
chicos me contaron que nos habías dejado. Que la gente que conocemos de chicos
siempre serán los chicos. Que además tenías esa chispa de vida en vos que era
como un aura de adolescencia eterna. Y que por eso, a más de un año de tu
partida, no he logrado procesar que ya no estés.
Mañana posiblemente te llame.
No se bien por qué voy a volver a hacerlo. Creo
que en mí, habita la esperanza de que me respondas con palabras que no son
mías. Creo que necesito volver a tener esa visión diametralmente opuesta del
mundo a la que me ingresa por los sentidos. Porque la huella que dejaste en el
alma de los que te fuimos cercanos es precisamente esa.
Creo que, al final, lograste tu fantasía de
alcanzar la inmortalidad de una forma muy especial. Dejaste de transitar este
espacio, pero reverberás en el corazón de los que te hemos tenido cerca,
traduciéndonos el mundo a un idioma digerible. Estás, para siempre, dentro mío,
respondiendo un llamado mucho mas usual, al ayudarme con tu ejemplo a
encontrarle otro sentido a lo que dejaste atrás.
Mañana
seguramente te llame.
No creo que
pueda evitar ponerme triste. Pero a la vez, creo que este tipo de cosas que le
escribo al aire me ayudan a cicatrizar lo exterior. Realmente creo que existe
la chance de que esto te llegue. Espero sepas disculpar lo cursi. Mentira,
espero que te haga reir.
Te quiero
un montón. Que pases un feliz cumpleaños mañana.
Y gracias
por regalarme desde el momento en que nos conocimos,
Algo
distinto
lunes, 11 de febrero de 2019
Void
A motionless iron will
To weave a silken ship
That sails straight down from the bottom
That senseless, ice hot void
Devoid of fate or choice
Leading forward, to the rear
A lack of means and ends
No dead lines nor live dots
Just a still, full, hollow emptiness
Abhorred by nature
Abjured by culture
A repelled, absorbent void
From ever and for an instant
The original, all new void
The one that's been and is about to begin
All around, and nowhere, void
So I shall keep expanding not to fill it
As to avoid it from unnecesarily becoming
Something different
To weave a silken ship
That sails straight down from the bottom
That senseless, ice hot void
Devoid of fate or choice
Leading forward, to the rear
A lack of means and ends
No dead lines nor live dots
Just a still, full, hollow emptiness
Abhorred by nature
Abjured by culture
A repelled, absorbent void
From ever and for an instant
The original, all new void
The one that's been and is about to begin
All around, and nowhere, void
So I shall keep expanding not to fill it
As to avoid it from unnecesarily becoming
Something different
sábado, 22 de diciembre de 2018
AWOL
Ants are supposedly able to carry up to ten times their own weight on useful items that will expire conveniently to hold the fungus they feast on. I, for that matter, have been unable to find an eight-kilo ant to test that theory; I can however go far enough as to testify their lack of hability to carry eighty kilos worth of humankind and not crush under its pressure.
Thing is, I'm feeling kind of ant-ish as of late. I can easily withstand loads of tonnage of total bullshit destined to become an useful forgetness. Yet, I seem unable to get with the burden of my own humanity up on my shoulders. That's no to mean the mere four-dimensional aspect of my head is gonna tear 'em appart; it's all those bloody electrical shots -the creepy meaning of those- what's getting harder to shuttle as days go by.
I may just be a little burnt out. Like a big tank of rocket fuel, once I got expended, I'm just getting in the way of things of utmost importance that need getting done. Shit went real, but the freakin' three green arrows are right there: I'm rechargeable. So, I find miself in dire need of getting in touch with those forces that can bring me back in one piece. Alternate or direct, current currents just seem to tend to tear things apart, while this humble self just needs unity of spirit.
So I'm going offline for a while. That beatiful grid of meaning that hooked to reality got me high enough to show new horizons, but forbade me of checking just how deep the hole beneath really was. And looking into the abyss was a long overdue task that I kept posponing, but forever is unachievable in that sort of matter.
In dire need of hooking back to the mud to have the oportunity to reach the skies without hugging the Sun the Icarus way, I'm off for a time with myself that will, hopefully, allow to have time for everyone around me. This Goodbye is of course a See ya later mates, I'm not planning on anything as stupid or meaningful as it may seem. Am just looking to find that little twisted shit that once made me
Something different.
Thing is, I'm feeling kind of ant-ish as of late. I can easily withstand loads of tonnage of total bullshit destined to become an useful forgetness. Yet, I seem unable to get with the burden of my own humanity up on my shoulders. That's no to mean the mere four-dimensional aspect of my head is gonna tear 'em appart; it's all those bloody electrical shots -the creepy meaning of those- what's getting harder to shuttle as days go by.
I may just be a little burnt out. Like a big tank of rocket fuel, once I got expended, I'm just getting in the way of things of utmost importance that need getting done. Shit went real, but the freakin' three green arrows are right there: I'm rechargeable. So, I find miself in dire need of getting in touch with those forces that can bring me back in one piece. Alternate or direct, current currents just seem to tend to tear things apart, while this humble self just needs unity of spirit.
So I'm going offline for a while. That beatiful grid of meaning that hooked to reality got me high enough to show new horizons, but forbade me of checking just how deep the hole beneath really was. And looking into the abyss was a long overdue task that I kept posponing, but forever is unachievable in that sort of matter.
In dire need of hooking back to the mud to have the oportunity to reach the skies without hugging the Sun the Icarus way, I'm off for a time with myself that will, hopefully, allow to have time for everyone around me. This Goodbye is of course a See ya later mates, I'm not planning on anything as stupid or meaningful as it may seem. Am just looking to find that little twisted shit that once made me
Something different.
viernes, 23 de noviembre de 2018
Memorias de una tragedia por venir - V
Climas de época. Largo y tedioso escrito sobre tres momentos de la Historia en que se apreciaban algunas regularidades puntuales que resultaron fuerzas de creación de tragedias. No es idea aquí representar la historicidad anecdótica de la llegada al poder de estos movimientos, lo cual está al alcance del interesado y profusamente documentado. Antes bien, hablemos de ideas. E ismos.
---///---
Italia, 1923.
Para el año 1900 Italia es una de las dos naciones más jóvenes de Europa. Apenas en 1871 Roma se convirtió en su capital luego de las batallas contra las fuerzas papales y la reunificación. La composición económica, social e ideológica del país no suena extraña ni siquiera vista hoy más de un siglo después: un Sur multiétnico, agrícola y decimonónico, con relaciones familiar-tribales asentadas en lo tradicional y el liderazgo de los pater familiaes. Un Centro hasta hace nada clerical, con clase media urbana de transición entre los extremos geográficos, histórica fuente político de poder de la Península y Europa, aunque de escasa gravitación económica, y con tradición de verticalismo clerical y división funcional en estamentos (políticos a la manera del Senado, religiosos a la manera de las Órdenes, etc). Y un Norte industrializado, centroeuropeo, motor de la unificación y la apertura al mundo, con una burguesía capitalista moderna, nacionalista furiosa, fascinada por un progreso que avanzaba, incluso, más rápido en las cabezas que en las cosas.
En 1909 se funda el movimiento "futurista". Una corriente artística anclada en Milán y sus alrededores, con preceptos de ruptura con la tradición, y centrada en la glorificación de la máquina, el movimiento, la velocidad, la acción, la emoción, la violencia; fuertemente despreciativa del individuo y, sobre todo, de la racionalidad.
En 1915 Italia entra en la IGM en alianza con las potencias enfrentadas a los Imperios centrales, con la vista puesta en la expansión territorial en dirección Noreste, hacia los territorios del tambaleante Imperio Austro-Húngaro en el Litoral Adriático. El desempeño italiano fue de pobre para peor en el único frente en el que participó, siendo que incluso a finales de 1917 recibían una paliza en Caporetto, donde habrían perdido 300.000 hombres entre muertos, heridos y capturados, en menos de tres semanas (tómense un segundo para dimensionar eso) y retrocedido 80 km desde la frontera original.
Un año después, habiendo logrado contener la contraofensiva austríaca y formado una nueva línea de combate de UN MILLÓN Y MEDIO de soldados, incluyendo divisiones británicas, francesas y estadounidenses, Italia triunfa en la batalla de Vittorio Veneto contra lo que le quedaba a los imperiales, cierra la guerra en ese frente y propicia (acelera) la caída y disgregación del Imperio.
Las conversaciones de paz ignoraron por completo las promesas hechas a Italia para que entrara en la Guerra. El Imperio se dividió más o menos a lo largo de líneas étnicas previamente contenidas en esa entidad monstruosa, la asignación de territorios a Italia fue nimia.
Durante el tiempo final de la Guerra, y especialmente luego de la Revolución Rusa, las protestas de socialistas y comunistas fueron moneda corriente (incluso suprimidas con muertos por parte del ejército italiano en Milán).
Saltemos a 1923. Cinco años después del armisticio, Italia perdió mucho y ganó poco. La economía está tambaleante, intentando aprovechar la Belle Époque y los dorados '20, aunque sin éxito mayúsculo en ello. Las líneas de falla de la sociedad entre los tres ámbitos geográficos y entre izquierdas y derechas están tan a la vista como antes, y sólo bastó con un gobierno tibio incapaz de hacerse garante del orden y reclamar el monopolio de la violencia para que quedara allanado el camino al poder de Mussolini.
En el fascismo italiano confluyeron exitosamente la glorificación de la acción, el movimiento y la violencia de la corriente artística imperante, junto con la fascinación por la modernización y el maquinismo que esas corrientes compartían con los industriales del Norte. La estamentización y corporativización de la escena productiva y política y el verticalismo apelaban a tradiciones bien arraigadas en la cultura de los demás sectores, y la narrativa del sueño imperial, la traición extranjera y la restauración de la antigua gloria de Roma calzaban con el deseo de ser más de lo que se era, en tanto Italia era al mismo tiempo la nación más joven y el Imperio más antiguo de Europa.
Todas estas ideas-fuerza que podían hallarse en un balance competitivo fueron hábilmente conducidas hacia un maniqueísmo contra socialistas y comunistas, logrando que las múltiples polarizaciones se alinearan alrededor de sólo dos campos, y subsumiendo toda la vocación de conflicto en un eje bidireccional entre Nosotros y Ellos sin espacio para la moderación o la alternativa.
A la larga, la simultaneidad de visiones idílicas contrapuestas que encontraron utilidad en oponerse, la añoranza por un pasado mítico, el malestar económico y una conflictividad polar entre extremos que realimentaron el conflicto encontraron tierra fértil en un trasfondo cultural que glorificaba la acción violenta irreflexiva y desechaba el individuo en favor de un colectivo social que lo incluía como engranaje de una entidad destinada a la grandeza. La cultura de obediencia vertical estaba enhebrada en lo profundo de cada ser, a la espera de un conductor. Que apareció, para desgracia de millones.
---///---
Alemania, 1933.
Ah, el Imperio Alemán. Para 1914, hacía tan sólo 50 años Prusia era "un ejército sin un Estado". La habilidad más política que militar de Bismarck no sólo creó un Estado, sino una potencia que derrotó al gran regulador continental, Francia, para tomar Alsace y Lorraine, se industrializó a un ritmo vertiginoso y adoptó (o inventó) novedades en todos los campos. Tarde, de todos modos, para la cucarda que distinguía una Gran Potencia de un aspirante: no quedaban espacios libres en la periferia para asentar un Imperio colonial.
Alemania tuvo en los sucesos del '14 la excusa para su guerra de expansión fronteriza, la que le otorgaría preeminencia europea y la oportunidad de reescribir las fronteras del tercer mundo a su favor. Se estrelló cuatro años después contra los tratados de paz que se vio obligada a firmar al rendirse luego de una catástrofe, renunciando territorio, aceptando la responsabilidad moral y material por la Guerra, y obligándose a pagar una suma exorbitante como reparación. La Guerra se terminó como empezó Alemania, con el Ejército tomando la atribución del Estado y negociando la paz para salvarse a sí como institución antes que al kaiser o su régimen.
Eso en cuanto a las condiciones materiales de la estatalidad. El emergente, la "República de Weimar", la podemos considerar inaugurada con la Constitución del '19, tras el intento de revolución comunista de los Espartaquistas, y disuelta de hecho en 1933. En esos 14 años, padeció igual cantidad de Cancilleres, bajo 4 presidentes, y dos monedas que en forma sucesiva licuaron su valor hasta acariciar la nada misma. Las pérdidas humanas y materiales de la guerra, el endeudamiento con los derechohabientes de reparaciones y la conflictividad con la izquierda marcaron el decenio.
Pero además, el ambiente cultural imperante en el trasfondo, antes de cesar con la derrota, se exacerbó. Desde el último cuarto del siglo anterior emanaba desde las capitales germánicas de Viena y Berlín una cultura völkisch, aquelarre romántico y nacionalista que añoraba un pasado idílico de ordenamiento de la raza en una especie de orden estamental medieval de Junkers terratenientes, campesinos realizados en la abnegación y freiereichsstadts, las "ciudades libres", los burgos comerciales. Esta ideología pan-nacionalista apelaba a la germanidad como concepto racial-étnico antes que cultural, una supuesta herencia común remontada en las profundidades del tiempo a las tribus góticas que vencieron a los romanos en Teutoburgo, aunadas a componentes místicos e interpretaciones de historias y leyendas relativas a Órdenes religiosas, sociedades masónicas, nobleza y estirpes medievales. Estructuras de obediencia verticales, por supuesto.
Todo ello, asentado sobre la firme base territorial de una Gran Alemania que incorporara los territorios pretendidamente históricos como su lebensraum, o espacio vital. Un espacio pangermano del Rhin a las llanuras ocupadas por los eslavos en Polonia, de Kiel en el Báltico a los cantones del Norte de Suiza, del Tirol hasta las marcas invadidas por el turco en los Balcanes.
Esta corriente salió de los salones de baile de las élites acomodadas y permeó con facilidad los ambientes académicos, las clases medias urbanas, los pueblitos asentados en los valles. Dotaba a cada germano de un pasado común que se extendía hasta perderse en el origen de los tiempos, demandando a cambio simplemente la pertenencia obediente y el trabajar para el engrandecimiento de su raza, especialmente contra las demás. La victoria contra ellas los haría grandes, no a cada uno, sino como un todo superior.
La visión alternativa ofrecida por los inspirados en la Revolución Rusa, en tanto... bueno, la conocemos bastante bien. Apelaba a una vuelta a las fuentes, el origen de solidaridad entre hombres que comparten una esencia común para que al fin al librarse de las mentiras que les había inoculado el capitalismo, pudieran ser realmente libres de necesidades.
Tómese aquí el último párrafo relacionado al völkisch y reemplácese "raza" por "clase".
Sí, es hastiante recalcar que el nacionalsocialismo resulta fusión de elementos autoritarios de diversas corrientes que parecen enemigas acérrimas pero ofrecen narrativas similares. Pero bien, resulta que la extinción de Weimar sucedió al encontrar a quien quiso encarnarla.
A la larga, la simultaneidad de visiones idílicas contrapuestas que encontraron utilidad en oponerse, la añoranza por un pasado mítico, el malestar económico y una conflictividad polar entre extremos que realimentaron el conflicto encontraron tierra fértil en un trasfondo cultural que glorificaba la acción violenta irreflexiva y desechaba el individuo en favor de un colectivo social que lo incluía como engranaje de una entidad destinada a la grandeza. La cultura de obediencia vertical estaba enhebrada en lo profundo de cada ser, a la espera de un conductor. Que apareció, para desgracia de millones.
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España, 1936.
El siglo XIX fue particularmente agitado para España. Lo comenzó como una de las potencias coloniales y lo terminó como una hermana menor de los países europeos, pobre, atrasada y agrícola de grandes latifundios en un mundo fabril. En el medio, la invasión napoleónica, guerras de independencia de sus colonias americanas, conflictos entre monárquicos, liberales, anarquistas y socialistas, doce golpes de Estado en 60 años. Dos monarcas expulsados, una restauración, y la ausencia de un horizonte común de acuerdo entre facciones en competencia.
Luego de mantenerse neutral a lo largo de la Gran Guerra, hubo un período de inestabilidad transversal ante la corrupción del gobierno central que culminó en el triunfo del golpe militar de Primo de Rivera en 1923. Éste tuvo que dejar el poder en 1930 frente al fracaso de su gobierno, y en 1931 ante el llamado por el rey a elecciones, los socialistas y republicanos ganaron casi todas las ciudades importantes. Se proclamó la Segunda República, y el rey huyó.
La República logró alienar a todas las facciones de una forma admirable. La secularización forzada y los amagues de reforma agraria pusieron a la derecha y los poblados agrícolas tradicionales en pie de guerra. La tibieza en marcar un rumbo industrial moderno deshizo el apoyo de las élites urbanas. La poca profundidad de reformas sociales se apareció a los socialistas como una traición. Todas y ninguna de estas medidas eran simpáticas a anarquistas y pro-fascistas en su única intención de que el caos se declarara para intentar tomar el poder. Ya en 1934, una confederación de derechas "moderadas" formó un gobierno en el que intentó cortar los salarios rurales a la mitad, purgar el ejército de elementos republicanos y restaurar el orden. Acción y reacción, la izquierda se agrupó y desencadenó la violencia callejera contra esto. Segundo momento, monárquicos y fascistas se aglutinaron.
La izquierda ganó débil las siguientes elecciones y formó un gobierno inefectivo en las generales de Febrero del 36. Cinco meses después empezaron los primeros balazos de lo que sería la Guerra Civil.
Los intentos sucesivos de formar república en España se dieron contra la Monarquía y la Iglesia. Ambas, junto al Ejército, instituciones que fueron el pilar del Estado-Nación los 500 años previos. España estaba anclada mentalmente, ya no en el XIX, sino en el XVIII. Un país agrícola, eclesiástico y tradicionalista, cuya herencia cultural seguía siendo la del Siglo de Oro, glorificación del caballero andante, el hidalgo, la violencia y la guerra al moro. En ese contexto, varias identidades nacionales aunadas bajo una bandera intentaban una difícil convivencia nacional, que estalló por los aires en la tensión entre anarquistas, comunistas, republicanos, monárquicos y fascistas, tirando todos al mismo tiempo desde puntas diferentes de un mismo mapa. La Guerra Civil fue la forma menos civil de resolver la tensión, declarando un único ganador que aglutinaría a los más parecidos y anularía a los demás.
A la larga, la simultaneidad de visiones idílicas contrapuestas que encontraron utilidad en oponerse, la añoranza por un pasado mítico, el malestar económico y una conflictividad polar entre extremos que realimentaron el conflicto encontraron tierra fértil en un trasfondo cultural que glorificaba la acción violenta irreflexiva y desechaba el individuo en favor de un colectivo social que lo incluía como engranaje de una entidad destinada a la grandeza. La cultura de obediencia vertical estaba enhebrada en lo profundo de cada ser, a la espera de un conductor. Que apareció, para desgracia de millones.
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Queda a criterio del lector interesado la búsqueda de regularidades similares en la actualidad, en el área del mundo de su interés.
Y queda como interrogante para el mismo si, de encontrarlas, prefiere sentarse a esperar que aparezca un conductor de los vectores de conflicto. O si prefiere intentar una vía humana de construir una alternativa, evitar la desgracia, y ofrecerse a sí mismo para vivir otro contexto, y la posibilidad de no repetir errores, cuando se puede avanzar en construir
Algo distinto.
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Italia, 1923.
Para el año 1900 Italia es una de las dos naciones más jóvenes de Europa. Apenas en 1871 Roma se convirtió en su capital luego de las batallas contra las fuerzas papales y la reunificación. La composición económica, social e ideológica del país no suena extraña ni siquiera vista hoy más de un siglo después: un Sur multiétnico, agrícola y decimonónico, con relaciones familiar-tribales asentadas en lo tradicional y el liderazgo de los pater familiaes. Un Centro hasta hace nada clerical, con clase media urbana de transición entre los extremos geográficos, histórica fuente político de poder de la Península y Europa, aunque de escasa gravitación económica, y con tradición de verticalismo clerical y división funcional en estamentos (políticos a la manera del Senado, religiosos a la manera de las Órdenes, etc). Y un Norte industrializado, centroeuropeo, motor de la unificación y la apertura al mundo, con una burguesía capitalista moderna, nacionalista furiosa, fascinada por un progreso que avanzaba, incluso, más rápido en las cabezas que en las cosas.
En 1909 se funda el movimiento "futurista". Una corriente artística anclada en Milán y sus alrededores, con preceptos de ruptura con la tradición, y centrada en la glorificación de la máquina, el movimiento, la velocidad, la acción, la emoción, la violencia; fuertemente despreciativa del individuo y, sobre todo, de la racionalidad.
En 1915 Italia entra en la IGM en alianza con las potencias enfrentadas a los Imperios centrales, con la vista puesta en la expansión territorial en dirección Noreste, hacia los territorios del tambaleante Imperio Austro-Húngaro en el Litoral Adriático. El desempeño italiano fue de pobre para peor en el único frente en el que participó, siendo que incluso a finales de 1917 recibían una paliza en Caporetto, donde habrían perdido 300.000 hombres entre muertos, heridos y capturados, en menos de tres semanas (tómense un segundo para dimensionar eso) y retrocedido 80 km desde la frontera original.
Un año después, habiendo logrado contener la contraofensiva austríaca y formado una nueva línea de combate de UN MILLÓN Y MEDIO de soldados, incluyendo divisiones británicas, francesas y estadounidenses, Italia triunfa en la batalla de Vittorio Veneto contra lo que le quedaba a los imperiales, cierra la guerra en ese frente y propicia (acelera) la caída y disgregación del Imperio.
Las conversaciones de paz ignoraron por completo las promesas hechas a Italia para que entrara en la Guerra. El Imperio se dividió más o menos a lo largo de líneas étnicas previamente contenidas en esa entidad monstruosa, la asignación de territorios a Italia fue nimia.
Durante el tiempo final de la Guerra, y especialmente luego de la Revolución Rusa, las protestas de socialistas y comunistas fueron moneda corriente (incluso suprimidas con muertos por parte del ejército italiano en Milán).
Saltemos a 1923. Cinco años después del armisticio, Italia perdió mucho y ganó poco. La economía está tambaleante, intentando aprovechar la Belle Époque y los dorados '20, aunque sin éxito mayúsculo en ello. Las líneas de falla de la sociedad entre los tres ámbitos geográficos y entre izquierdas y derechas están tan a la vista como antes, y sólo bastó con un gobierno tibio incapaz de hacerse garante del orden y reclamar el monopolio de la violencia para que quedara allanado el camino al poder de Mussolini.
En el fascismo italiano confluyeron exitosamente la glorificación de la acción, el movimiento y la violencia de la corriente artística imperante, junto con la fascinación por la modernización y el maquinismo que esas corrientes compartían con los industriales del Norte. La estamentización y corporativización de la escena productiva y política y el verticalismo apelaban a tradiciones bien arraigadas en la cultura de los demás sectores, y la narrativa del sueño imperial, la traición extranjera y la restauración de la antigua gloria de Roma calzaban con el deseo de ser más de lo que se era, en tanto Italia era al mismo tiempo la nación más joven y el Imperio más antiguo de Europa.
Todas estas ideas-fuerza que podían hallarse en un balance competitivo fueron hábilmente conducidas hacia un maniqueísmo contra socialistas y comunistas, logrando que las múltiples polarizaciones se alinearan alrededor de sólo dos campos, y subsumiendo toda la vocación de conflicto en un eje bidireccional entre Nosotros y Ellos sin espacio para la moderación o la alternativa.
A la larga, la simultaneidad de visiones idílicas contrapuestas que encontraron utilidad en oponerse, la añoranza por un pasado mítico, el malestar económico y una conflictividad polar entre extremos que realimentaron el conflicto encontraron tierra fértil en un trasfondo cultural que glorificaba la acción violenta irreflexiva y desechaba el individuo en favor de un colectivo social que lo incluía como engranaje de una entidad destinada a la grandeza. La cultura de obediencia vertical estaba enhebrada en lo profundo de cada ser, a la espera de un conductor. Que apareció, para desgracia de millones.
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Alemania, 1933.
Ah, el Imperio Alemán. Para 1914, hacía tan sólo 50 años Prusia era "un ejército sin un Estado". La habilidad más política que militar de Bismarck no sólo creó un Estado, sino una potencia que derrotó al gran regulador continental, Francia, para tomar Alsace y Lorraine, se industrializó a un ritmo vertiginoso y adoptó (o inventó) novedades en todos los campos. Tarde, de todos modos, para la cucarda que distinguía una Gran Potencia de un aspirante: no quedaban espacios libres en la periferia para asentar un Imperio colonial.
Alemania tuvo en los sucesos del '14 la excusa para su guerra de expansión fronteriza, la que le otorgaría preeminencia europea y la oportunidad de reescribir las fronteras del tercer mundo a su favor. Se estrelló cuatro años después contra los tratados de paz que se vio obligada a firmar al rendirse luego de una catástrofe, renunciando territorio, aceptando la responsabilidad moral y material por la Guerra, y obligándose a pagar una suma exorbitante como reparación. La Guerra se terminó como empezó Alemania, con el Ejército tomando la atribución del Estado y negociando la paz para salvarse a sí como institución antes que al kaiser o su régimen.
Eso en cuanto a las condiciones materiales de la estatalidad. El emergente, la "República de Weimar", la podemos considerar inaugurada con la Constitución del '19, tras el intento de revolución comunista de los Espartaquistas, y disuelta de hecho en 1933. En esos 14 años, padeció igual cantidad de Cancilleres, bajo 4 presidentes, y dos monedas que en forma sucesiva licuaron su valor hasta acariciar la nada misma. Las pérdidas humanas y materiales de la guerra, el endeudamiento con los derechohabientes de reparaciones y la conflictividad con la izquierda marcaron el decenio.
Pero además, el ambiente cultural imperante en el trasfondo, antes de cesar con la derrota, se exacerbó. Desde el último cuarto del siglo anterior emanaba desde las capitales germánicas de Viena y Berlín una cultura völkisch, aquelarre romántico y nacionalista que añoraba un pasado idílico de ordenamiento de la raza en una especie de orden estamental medieval de Junkers terratenientes, campesinos realizados en la abnegación y freiereichsstadts, las "ciudades libres", los burgos comerciales. Esta ideología pan-nacionalista apelaba a la germanidad como concepto racial-étnico antes que cultural, una supuesta herencia común remontada en las profundidades del tiempo a las tribus góticas que vencieron a los romanos en Teutoburgo, aunadas a componentes místicos e interpretaciones de historias y leyendas relativas a Órdenes religiosas, sociedades masónicas, nobleza y estirpes medievales. Estructuras de obediencia verticales, por supuesto.
Todo ello, asentado sobre la firme base territorial de una Gran Alemania que incorporara los territorios pretendidamente históricos como su lebensraum, o espacio vital. Un espacio pangermano del Rhin a las llanuras ocupadas por los eslavos en Polonia, de Kiel en el Báltico a los cantones del Norte de Suiza, del Tirol hasta las marcas invadidas por el turco en los Balcanes.
Esta corriente salió de los salones de baile de las élites acomodadas y permeó con facilidad los ambientes académicos, las clases medias urbanas, los pueblitos asentados en los valles. Dotaba a cada germano de un pasado común que se extendía hasta perderse en el origen de los tiempos, demandando a cambio simplemente la pertenencia obediente y el trabajar para el engrandecimiento de su raza, especialmente contra las demás. La victoria contra ellas los haría grandes, no a cada uno, sino como un todo superior.
La visión alternativa ofrecida por los inspirados en la Revolución Rusa, en tanto... bueno, la conocemos bastante bien. Apelaba a una vuelta a las fuentes, el origen de solidaridad entre hombres que comparten una esencia común para que al fin al librarse de las mentiras que les había inoculado el capitalismo, pudieran ser realmente libres de necesidades.
Tómese aquí el último párrafo relacionado al völkisch y reemplácese "raza" por "clase".
Sí, es hastiante recalcar que el nacionalsocialismo resulta fusión de elementos autoritarios de diversas corrientes que parecen enemigas acérrimas pero ofrecen narrativas similares. Pero bien, resulta que la extinción de Weimar sucedió al encontrar a quien quiso encarnarla.
A la larga, la simultaneidad de visiones idílicas contrapuestas que encontraron utilidad en oponerse, la añoranza por un pasado mítico, el malestar económico y una conflictividad polar entre extremos que realimentaron el conflicto encontraron tierra fértil en un trasfondo cultural que glorificaba la acción violenta irreflexiva y desechaba el individuo en favor de un colectivo social que lo incluía como engranaje de una entidad destinada a la grandeza. La cultura de obediencia vertical estaba enhebrada en lo profundo de cada ser, a la espera de un conductor. Que apareció, para desgracia de millones.
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España, 1936.
El siglo XIX fue particularmente agitado para España. Lo comenzó como una de las potencias coloniales y lo terminó como una hermana menor de los países europeos, pobre, atrasada y agrícola de grandes latifundios en un mundo fabril. En el medio, la invasión napoleónica, guerras de independencia de sus colonias americanas, conflictos entre monárquicos, liberales, anarquistas y socialistas, doce golpes de Estado en 60 años. Dos monarcas expulsados, una restauración, y la ausencia de un horizonte común de acuerdo entre facciones en competencia.
Luego de mantenerse neutral a lo largo de la Gran Guerra, hubo un período de inestabilidad transversal ante la corrupción del gobierno central que culminó en el triunfo del golpe militar de Primo de Rivera en 1923. Éste tuvo que dejar el poder en 1930 frente al fracaso de su gobierno, y en 1931 ante el llamado por el rey a elecciones, los socialistas y republicanos ganaron casi todas las ciudades importantes. Se proclamó la Segunda República, y el rey huyó.
La República logró alienar a todas las facciones de una forma admirable. La secularización forzada y los amagues de reforma agraria pusieron a la derecha y los poblados agrícolas tradicionales en pie de guerra. La tibieza en marcar un rumbo industrial moderno deshizo el apoyo de las élites urbanas. La poca profundidad de reformas sociales se apareció a los socialistas como una traición. Todas y ninguna de estas medidas eran simpáticas a anarquistas y pro-fascistas en su única intención de que el caos se declarara para intentar tomar el poder. Ya en 1934, una confederación de derechas "moderadas" formó un gobierno en el que intentó cortar los salarios rurales a la mitad, purgar el ejército de elementos republicanos y restaurar el orden. Acción y reacción, la izquierda se agrupó y desencadenó la violencia callejera contra esto. Segundo momento, monárquicos y fascistas se aglutinaron.
La izquierda ganó débil las siguientes elecciones y formó un gobierno inefectivo en las generales de Febrero del 36. Cinco meses después empezaron los primeros balazos de lo que sería la Guerra Civil.
Los intentos sucesivos de formar república en España se dieron contra la Monarquía y la Iglesia. Ambas, junto al Ejército, instituciones que fueron el pilar del Estado-Nación los 500 años previos. España estaba anclada mentalmente, ya no en el XIX, sino en el XVIII. Un país agrícola, eclesiástico y tradicionalista, cuya herencia cultural seguía siendo la del Siglo de Oro, glorificación del caballero andante, el hidalgo, la violencia y la guerra al moro. En ese contexto, varias identidades nacionales aunadas bajo una bandera intentaban una difícil convivencia nacional, que estalló por los aires en la tensión entre anarquistas, comunistas, republicanos, monárquicos y fascistas, tirando todos al mismo tiempo desde puntas diferentes de un mismo mapa. La Guerra Civil fue la forma menos civil de resolver la tensión, declarando un único ganador que aglutinaría a los más parecidos y anularía a los demás.
A la larga, la simultaneidad de visiones idílicas contrapuestas que encontraron utilidad en oponerse, la añoranza por un pasado mítico, el malestar económico y una conflictividad polar entre extremos que realimentaron el conflicto encontraron tierra fértil en un trasfondo cultural que glorificaba la acción violenta irreflexiva y desechaba el individuo en favor de un colectivo social que lo incluía como engranaje de una entidad destinada a la grandeza. La cultura de obediencia vertical estaba enhebrada en lo profundo de cada ser, a la espera de un conductor. Que apareció, para desgracia de millones.
---///---
Queda a criterio del lector interesado la búsqueda de regularidades similares en la actualidad, en el área del mundo de su interés.
Y queda como interrogante para el mismo si, de encontrarlas, prefiere sentarse a esperar que aparezca un conductor de los vectores de conflicto. O si prefiere intentar una vía humana de construir una alternativa, evitar la desgracia, y ofrecerse a sí mismo para vivir otro contexto, y la posibilidad de no repetir errores, cuando se puede avanzar en construir
Algo distinto.
martes, 23 de octubre de 2018
Coming of age
There are some weird facts about my personal history I've always enjoyed.
A mixture of being grumpy and mature and a disposition to enjoy mainly conversations with older people (or those of my age that shared some of those traits) seemed to confuse people about my age.
Being of an early large build (my current 180 cm where already there when aged 14, not really fat nor thin but just large) kind of helped.
Everybody, everywhere, just assumed I was older than my ID said.
I can't recall the last time someone asked me for my papers to check whether I was old enough for something. I'd just go chin up facing straight to a disco's ticket booth, or an airport counter, and buy or enter whatever 18+ restricted thing I wanted to.
There actually was this one time when they asked my parents to testify I was just thirteen so I could play with my 7th grade soccer team against other schools. That poor full back standing two stories below me never knew what hit him. If you're there, I'm still sorry, midget.
Anyhow, I'm coping now with the fact that way of life I grew used to is fading out. In mi middle thirties now, I reached at long last the age I seemed to have this last ten years. Fewer and fewer "oh, so young and doing that already!". And every more often the underachiever threatening to show up in full face.
So I'm starting lo live the age I seem to have. Let's just hope I'm not becoming that asshole version of Benjamin Button some guys are, when they realize they forgot to be young when they should and start acting their teens when they turn fourty.
Not being yet a dad might not be helping. But that's not it. I guess I'm not really being fully fair with myself either, but hey, this is my balance and I hurt my own ego with it as much as I need to.
It's just that... hey, I dunno, if I knew what the heck it is I wouldn't be saving a few bucks in therapy writing such an outspoken lethany. I'm just feeling weird about being. In your face, Nietszche.
Perks of getting older.
Regrets, I have a few. Still, most of them are about not having done something rather than doing it the wrong way. Guess I'm more an "I'm sorry I did" than a "Can I do?" kind of guy. And I'm not old enough yet to have lost my chance to try most of what I long for.
Why is all this crap coming out today? Well, I wasn't granted the gift of walking on water or bringing dead back to life, and yet I have managed to outlast Jesus by acomplishing my thirty-fourth turn round the Sun.
On His defence, well, he had saved the whole humankind's souls by this time, and I couldn't really even save mine from myself. Yet.
But, I'm hanging on the hope I just might live through some couple more seasons so as to become, and cause, something that leaves a lasting footprint on others. A good one.
So eventually one day people will say that I was in their lives
Something different.
A mixture of being grumpy and mature and a disposition to enjoy mainly conversations with older people (or those of my age that shared some of those traits) seemed to confuse people about my age.
Being of an early large build (my current 180 cm where already there when aged 14, not really fat nor thin but just large) kind of helped.
Everybody, everywhere, just assumed I was older than my ID said.
I can't recall the last time someone asked me for my papers to check whether I was old enough for something. I'd just go chin up facing straight to a disco's ticket booth, or an airport counter, and buy or enter whatever 18+ restricted thing I wanted to.
There actually was this one time when they asked my parents to testify I was just thirteen so I could play with my 7th grade soccer team against other schools. That poor full back standing two stories below me never knew what hit him. If you're there, I'm still sorry, midget.
Anyhow, I'm coping now with the fact that way of life I grew used to is fading out. In mi middle thirties now, I reached at long last the age I seemed to have this last ten years. Fewer and fewer "oh, so young and doing that already!". And every more often the underachiever threatening to show up in full face.
So I'm starting lo live the age I seem to have. Let's just hope I'm not becoming that asshole version of Benjamin Button some guys are, when they realize they forgot to be young when they should and start acting their teens when they turn fourty.
Not being yet a dad might not be helping. But that's not it. I guess I'm not really being fully fair with myself either, but hey, this is my balance and I hurt my own ego with it as much as I need to.
It's just that... hey, I dunno, if I knew what the heck it is I wouldn't be saving a few bucks in therapy writing such an outspoken lethany. I'm just feeling weird about being. In your face, Nietszche.
Perks of getting older.
Regrets, I have a few. Still, most of them are about not having done something rather than doing it the wrong way. Guess I'm more an "I'm sorry I did" than a "Can I do?" kind of guy. And I'm not old enough yet to have lost my chance to try most of what I long for.
Why is all this crap coming out today? Well, I wasn't granted the gift of walking on water or bringing dead back to life, and yet I have managed to outlast Jesus by acomplishing my thirty-fourth turn round the Sun.
On His defence, well, he had saved the whole humankind's souls by this time, and I couldn't really even save mine from myself. Yet.
But, I'm hanging on the hope I just might live through some couple more seasons so as to become, and cause, something that leaves a lasting footprint on others. A good one.
So eventually one day people will say that I was in their lives
Something different.
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